lunes, 17 de marzo de 2008

La Segunda Parte de la Hipótesis




LA SEGUNDA PARTE DE LA HIPÓTESIS


Dedicado a
las exquisitas excepciones.



En este pequeño espacio, un
escudo nacional mexicano.
En la parte superior del mismo,
a manera de semicírculo
naciente al extremo de la rama
de encino, y terminando en
la de laurel, esta leyenda:
“VAMOS A… DEBEMOS DE…
TENEMOS QUE…”.




NOTA ACLARATORIA: Si eres mexicano, de verdad lo siento pero te resultará imposible otorgarle credibilidad a lo que a continuación escribiré. La razón es simple: yo también soy mexicano.

“Desde niño, al ver una fotografía antigua; la frazada arrugada sobre la silla, al despertarse sobre su perfil izquierdo; o esa sombra del alargado árbol en otoño, escurrida en la lóbrega pared, él descubría, luego de recorrer con su mirada la escena completa, sin análisis ni contemplación, lo mismo el detalle profundamente dantesco o ideaba la figura rugosa en tres dimensiones que nadie más era capaz de descifrar en su ceguera; ni siquiera en un dibujo a lapicera en el abstracto de su verdadera interpretación cotidiana.
Inamovible cotidianeidad a su alrededor hasta el día de hoy en que, al fin, comenzará la segunda parte de la hipótesis: la vida que siempre se le ha escabullido por la puerta de atrás como el humo de este último cigarro Delicado consumiéndose melancólico en un cenicero llegado un año atrás desde Valparaíso.”

Cualquier tema que tenga que ver con la ciencia, al dominarse, se convierte en algo libremente razonable, tal vez apasionado. Con el espíritu –sin sensualidades ni religiones clavadas en él. Nada que lo perturbe; el espíritu en sí-, el apasionamiento es el que se desborda desde un inicio hasta que la razón es desafiada y logra subir otro nivel, desconocido.
En este mismo sentido, lo que suele llamarse “experiencia” puede brotar o enriquecerse solamente por medio de una emoción; interpretándose a la vez en ella; sin tener relación directa el transcurrir del tiempo o la práctica repetitiva, lineal, para lograr dicho experimento, que sólo logran entorpecer lo que en un inicio fue ensayo irrepetible. Mientras más profunda sea una emoción, aislada, más experimentada se sentirá la persona.

¡Vamos a... debemos de... tenemos que hacer tantas cosas desde hace siglos! Los mismos absurdos de siempre, modificando acaso el modelo de la bandera o el caudillo en turno; pero no hemos hecho nada, ni haremos nunca nada porque somos un pueblo extremadamente prejuicioso, hasta de las exquisitas tonalidades que el sol nos obsequia cada atardecer. “¡No lo intentaré ni permitiré que oses intentarlo!”; y yo, la verdad sea dicha, ya me cansé. Lograron hartarme de fracasos porque la orden sigue siendo “¡No lo hagas! ¡No lo logres! ¡No te atrevas!”
Necesito estar lejos de todos ustedes para salvarme del patético empantanamiento en que se ha convertido mi nación. Y duele.

Podría decirse que existen dos maneras de llevar a cabo una venta: la que manipula solamente dinero en la transacción y la que, además, maneja valores intrínsecos. Ambas prácticas milenarias, cotidianas; pero aquí, ahora, ni un tesoro de méritos significativos, ni el coraje, el arrojo, cuentan con verdadera valía. Todo tiene un sucio costo, y el que no lo paga, o el que no está dispuesto a ceder, se condena a sí mismo a la marginación.
“Gran poquedad de alma arguye tener que negar al prójimo para afirmarse”, aseveró varias veces Unamuno, dando a entender que hablar mal de alguien, defendiendo una verdad propia, es mezquindad; pero no es mi caso cuando todo lo que intento es ser libre, rescatar incluso mi alma enclaustrada en mis propias emociones por no lograr compartirlas en experiencia participativa, comunicada.
Miguel de Unamuno también decía que “... del caos salió el mundo. Y todo pueblo, cuando está despierto, entra en un período caótico. Toda esta agitación es anuncio de algo; lo peor sería que nada se agitara”.
Sinceramente, no quisiera sostener esto, mucho menos aferrarme a la idea, pero, siguiendo el camino que sugiere el vasco, además del que insisten en acatar los rastreros políticos de este país, claro que llegará el cambio después del caos: una estrella más en el estandarte de aquél que todo lo logra comprar en efectivo manipuleo de valores; incluso el valor para no declararse profeta, al expresar que a la gente suele darle miedo predecir las desgracias, aun inminentes; sobre todo cuando la consigna es no intentarlo ni permitir intentarlo, en nombre de los Sagrados Fantasmas del Ayer, que, paradójicamente, me están arrancando el hogar sin que nunca nadie lograra ver el rostro de un anciano –el cual nunca existió- en el fondo de las arrugas de aquella frazada aventada sobre la silla de madera, al amanecer; o mis brazos en lo alto, repletos de frutos del árbol marchito, en la parte trasera de la casa.
Será difícil que sobrevivan a sus pesadillas. Yo necesito vivir sobre sus vidas.



Las personas que valen la pena son las que hacen lo que nadie más podría haber hecho. Dentro de éstas, las que no deben faltar nunca son las inimitables.
El mexicano, en todos aspectos, de manera general, respecto a lo micro, es astuto y desconfiado; en lo macro, pusilánime e ingenuo; envuelto lo anterior en una vaguedad de identidad tal, que lo ha proyectado como verdadero líder latinoamericano, a través de una reinterpretación de valores comprados a la anticultura del norte.
Y bueno, a pesar de que el romanticismo pasó de moda hace un siglo, respecto a los avatares de cualquier escritor –que en el fondo no fueron más que pretextos de evasivas bohemias intrascendentes-, todo esto que siento ahora no es ni mucho menos una cursilería sentimentaloide de incomprensión; sino la sana necesidad de alejarme, cuando mis paisanos parecen estar muy a gusto disfrutando de la época más vulgar, inicua y disfrazada, en todo ámbito, de la historia de México. Vacíos como nunca, inexplicablemente indiferentes a sí mismos y entre sí; a tal grado que el famoso liderazgo cultural mexicano en las Américas ha mutado en la más grande masa azteca  amorfa, sin orgullo auténtico.
Llegó un momento en la vida de Flaubert en que declaró su “lamentable facultad de no tolerar más la tontería humana”: Veo la estupidez y no puedo ya soportarla, dijo. Algo parecido me pasa; compadezco profundamente el sin sentido mexicano de principios del siglo XXI.

Para darle a todo esto un toque divertido, que quizás termine en ironía o simple sarcasmo, me da por pensar que debo apartarme por elemental salud mental. No quiero vivir más entre esta astucia desconfiada de aprovechamiento egoísta y visceral –discutida, argumentada contradicción de siglos-, y a la vez, la patriotera ingenuidad abaratada, pero sobre todo aburrida, en su pasmosa inmovilidad.
Goethe: “Hay cosas que el destino se propone tenazmente. Es inútil que se le opongan la razón o la virtud, el deber y todo lo que haya de sagrado; ha de hacerse lo que a él le conviene aun cuando a nosotros no nos parezca justo; y así, finalmente, nos impone su voluntad, hagamos lo que queramos”.
La segunda parte de mi hipótesis ansía comprobar estas últimas palabras, dominadas casi científicas al razonarse apasionadas en espíritu exaltado; logrando subir otro nivel en un lugar desconocido pero deseado; sólo un nivel en genuinas experiencias basadas en la más sencilla emoción de fe.
¿Será realmente lo que busco? Vamos a ver... debo prepararme para partir... tengo que reconocer que haber aprendido a medio masticar el inglés me abrirá puertas extrañas que a la vez podrían facilitarme cualquier estilo de comercialización pasajera en diaria sobrevivencia. –Debo reafirmar, darme cuenta, sobre todas las cosas, que dominar el idioma chileno ha provocado, desde hace dos años, en clases vehementes, febriles, que día tras día y cada día más cerca aprendiera al fin a no extrañarla a ella, en el gran Sur que se estrecha tanto como nuestro encuentro deseado; a pesar de que Kundera haya dicho que el hombre, realmente, no cambia en lo más mínimo aunque se mude de tierra.
Yo no pretendo, siquiera, extraviar mis tics nerviosos. Simplemente necesito lograr lo que nadie podría hacer por mí; “lo que al destino mejor le convenga”; donde el mundo realmente se mueva y acaso gire; hasta que aquella almohada deje en libertad las mil angustias de la frazada sobre la silla chirriante.


Cuando un prosista con clase corrige mucho sus escritos, éstos podrían acercarse a la poesía sin caer en el prejuicio del estilismo, siempre y cuando domine el sentido propio del límite sutil. Pero si rebasa la línea, el resultado se alejará de él mismo de idéntica manera en que una mentira piadosa, representada por el silencio cómplice de un adiós, se pueda convertir en caricia reveladora cuando ya no esté aquí.
Quizás me de por escribir menos a partir de mañana, metamorfoseado en extranjero. Reconquistar un estilo propio quizás se convierta en reto. A final de cuentas, puede ser que esto resulte menos difícil que lograr ser aceptado en peculiaridad, en este ensayo de partida.
Bitácora de viaje al pasado momentáneo en un trago amargo de profundo y paradójico dolor que representa la despedida.


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José Vasconcelos:
"Quien entiende su realidad, está en condiciones de transformarla".
"Por ausencia de sentido trágico, México no puede tener una conciencia ética, ni de su propia vida ni de su propia nación".
"Siendo un país de cobardes, de sumisos, que siempre obedecen la ley del jefe y del padre, México no está hecho para las grandes hazañas. Pero tampoco puede haber una gran literatura, porque este es un pueblo que no se atreve con la verdad; y mientras un autor no se atreva con el nervio, con el hueso, no habrá una gran literatura".
"Este pueblo no tiene remedio. Está condenado al fracaso. Pasarán siglos antes de que México recobre su propio rostro".